sábado, 14 de febrero de 2015

Taller de creación a partir de las ilustraciones de Ana Juan



Crónica del taller de creación que realizamos en el XII Salón del Libro Infantil y Juvenil el pasado mes de noviembre, a partir de la exposición de ilustraciones de Ana Juan, titulada "Entre azahares y madroños".

Ilustración de Ana Juan para el libro "Frida", de Jonah Winter. Ed. Alfaguara

No sé de quién fue la idea de exponer las ilustraciones de Ana Juan en el Salón del Libro Infantil. Tampoco sé por qué la artista eligió para su exposición ese título tan jugoso y perfumado; algo tendrá que ver con su tierra, Valencia. Pero me encantó la idea de pasarme una semana en la Sala María Moliner de la Biblioteca Central y tener como marco del taller el claroscuro y la fuerza expresiva de esas maravillosas ilustraciones colgadas en las paredes. 

En un espacio asombrosamente frío, me observaban ojos de gato escondidos entre las sombras; ojos de niñas, ojos de vaca, ojos de ensueño, ojos cerrados y ojos como platos, oscuros ojos de cuento. Cada ilustración formaba parte de una historia, cada historia estaba encerrada en un libro. Pero allí del libro sólo quedaba una línea de título. Delante de nosotros, un puñado de escenas elegidas al azar: un sueño a medias. Nos tocaba reconstruir la historia. Crear siguiendo el proceso inverso; de la imagen a la palabra, de la idea a los hechos.
Después de observar una a una todas las ilustraciones, sólo tenía que avivar la curiosidad del grupo con preguntas que disparasen su imaginación: ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Dónde está? ¿A quién mira? ¿Con qué sueña?... A partir de ahí surgieron las historias.
Luego las pasamos a limpio en una cartulina, pegamos la ilustración elegida en nuestra página y por último, la decoramos con papeles de colores, aquellos que nos parecían más acordes con el tono de la historia. 
A continuación podéis leer una selección de los textos que más nos gustaron. Son textos anónimos, ya que los hemos rescatado de los borradores (sin firma) que nos dejaron los chicos y chicas sobre las mesas, una muestra de que la inspiración estaba de nuestro lado. 



Los autores de estos textos pertenecen a los siguientes colegios de Córdoba:
C.E.I.P. Jerónimo Luis de Cabrera  
Colegio Ferroviario
Colegio San Rafael
C.E.I.P. Hernán Ruiz



Había una vez un árbol que no tenía hojas porque nadie lo regaba. Estaba en un cementerio y nadie podía entrar. Sólo entraban para enterrar a sus muertos. Alejandro entraba todos los días porque era el enterrador. Había algo raro en aquel árbol. Y es que cada vez estaba en un sitio diferente del cementerio. De repente empezaron a desaparecer los muertos y Alejandro pensó que era culpa del árbol, que estaba encantado. Pero ¿cómo sería posible, si al árbol nadie lo regaba? Entonces se le ocurrió una cosa, y era que si el árbol era una materia viva sin que lo regasen, tendría que regarlo y ver qué ocurría. Regó el árbol y murió. Fue entonces cuando los muertos volvieron a aparecer. Cada uno en su tumba. FIN
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Érase una vez una mujer que creía en la magia, esa mujer se llamaba Ana. Ana se fue un día a su casa pensando en que la iban a despedir del trabajo, así que ella muy preocupada se acostó en su cama, junto con su café y su taza mágica. Pensando, pensando se le ocurrió que podía utilizar su taza mágica y pedir que fuera joven otra vez, para estudiar y disfrutar de su libertad por segunda vez.
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Érase una vez un bosque encantado donde se escondía el sol. Un día el sol no salió y pararon los días, las semanas, los meses, los años y… todos decidieron ir en busca del sol. Ese día, Yanawi, un hombre que siempre estaba durmiendo, fue con todo el pueblo a por el sol. Él iba bostezando, pero tuvo una idea. Esta era hablar con el sol y con la luna, para que estuviesen doce horas cada uno en el cielo. Yanawi no paraba de bostezar y siempre se reían de él, hasta que un día se hartó y prometió no volver a bostezar. Cuando el sol salió, Yanawi dejó de bostezar, hasta que salía la luna.
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Esta es la historia de un perro llamado Kuko que quería subirse a la cama de su dueña. Por fin consiguió subirse a la cama y de repente, vio que su dueña se había convertido en gato. Kuko se extrañó y se lanzó a por el gato porque no sabía que no era un gato, sino su dueña.
Al día siguiente el perro fue otra vez al cuarto sin saber que su dueña seguía convertida en gato. Se intentó subir otra vez a la cama. Cuando por fin pudo subirse, el gato ya no estaba…
Kuko fue en busca del gato. ¡No estaba por ningún lado! Pero probó un poco de té, y al probarlo se convirtió en persona. Sabiendo que ese té era mágico cogió al gato e hizo que él también lo probara. El gato se convirtió en una mujer. Y se enamoraron.
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Había una vez una niña a la que le gustaba pedir deseos. Una noche se levantó de la cama, miró por la ventana y pidió un deseo. Pidió que pudiera tener de mascota un gran elefante. Esa mañana oyó un ruido, se levantó y fue a la cocina. Estaba todo por medio. ¿Qué ha pasado aquí?, se preguntó.
Volvió a oír algo, y fue rápidamente al garaje, abrió la puerta y allí había un enorme elefante. Desde ese momento vio que sus deseos podían hacerse realidad, y desde entonces siempre estuvo muy feliz.

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Érase una vez dos pequeñas gemelas bailarinas que eran profesionales y bailaban ballet.
Un día las bailarinas se presentaron a un concurso de ballet pero había un estricto control para entrar en el alucinado y bello baile. Resulta que era un baile encantado. La mayor, llamada Ottoline, leyó de refilón que decía: “La bailarina que falle esta prueba deberá ser condenada a ser bailarina de joyero”.
Ottoline pensó que estaba chupado hacer eso, y no le dijo nada del contrato a Coraline, la pequeña. Y lo firmó.
El día del baile se enfrentaron a diferentes pruebas. Por fin Coraline empezó a bailar y bailar dando vueltas sin parar hasta que cayó encima del jurado. Perdieron. Las llevaron a un precioso joyero quedando petrificadas.
Y dice la leyenda que el primero que abra el joyero libertará a las bailarinas para siempre.
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En un país mágico nació una chica muy bella. En el palacio todos la admiraban y cada vez que iba a la plaza todos le cantaban una alegre canción.
Sus padres estaban encantados con su rostro, sus ojos azules, su pelo rubio, pero sobre todo con su hermosa voz. La joven se despertaba todas las mañanas cantando y se pasaba las tardes tocando su gran piano.
Se iba acercando el día de su boda y la chica tenía que prepararse: que si el vestido, que si el pelo…
Cuando llegó el día de la boda, la joven había preparado una alegre canción. Cuando la cantó…, ¡todos se quedaron impresionados!
Nadie se dio cuenta de que su voz además de melodiosa era mágica y los convirtió a todos en pájaros.
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Todos estaban huyendo, no quedaba nadie, nada más que nosotros dos. Todo explotaba como si fuera una bomba, pero no, no era una bomba sino un volcán en erupción.
—¡Corre! —gritaba mi amigo.
—Es mejor callarnos que gritar. ¡Corre! —comenté.
Entonces, y fue entonces, cuando el volcán dejó de echar cenizas y fuego, y pasó a echar lava lentamente. Después de un rato corriendo, mi amigo (un guepardo llamado Jagüi) dijo:
—Corre, sube al coche y huiremos por ruedas.
—Okey Makey —comenté—. ¿Y el cinturón?
—No hay —me dijo Jagüi—. Solo hay que salvar la vida.
Finalmente salimos de la ciudad y nos salvamos, pero ¿a dónde nos dirigíamos?
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Érase una vez un bosque oscuro. Un soldado musculoso que estaba atado de manos. El soldado estaba cansado de huir de unos maníacos que lo habían secuestrado. El soldado estaba hambriento aunque no estaba solo, porque tenía un amigo. Su amigo era un pájaro de color rojo y muy listo. El pájaro consiguió comida y se la llevó al soldado, hasta encontró una moto abandonada. El soldado y el pájaro comieron. Cuando el pájaro terminó, intentó arreglar la moto. Al cabo de un rato, el pájaro arregló la motocicleta y los dos se fueron de ese bosque oscuro.

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Érase una vez una noche de luna llena. Una noche de mucho calor en la que se celebraba una fiesta nocturna en una granja. Una niña llamada Carolina estaba estudiando los animales en el colegio y le impresionó el toro porque era una animal muy curioso. Cuando llegaron a la granja, Carolina se fue directa a los animales. Al encontrar al toro se montó sobre él. El toro se puso nervioso y echó a correr. Carolina estaba gritando y no sabía qué hacer. Decidió pensar en cosas bonitas, por ejemplo sus colores favoritos, como el blanco y el amarillo. Se dio cuenta de que llevaba un vestido blanco y las botas amarillas y eso la consoló.
Cuando volvieron a su casa, Carolina no paró de pensar en el toro. En su casa de Villarrubia su padre le regaló un perro, se montó sobre él y le llamó Toro. Pasaron los años y Toro se hizo mayor. Sabía que no se montaría más sobre un toro, pero con su perro nunca se olvidaría de él.
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Esta es la historia de una señora. Se trataba de una señora rica, soltera y aislada. Era una señora triste y todas sus cosas eran igual. Ella sólo pensaba en lo que tenía. Vivía aislada del mundo. Salía a comprar con sus dos perros idénticos. Pero un día pensó: “Quiero algo que me identifique tal y como soy por dentro”. Así fue como se compró un joyero brillante, aunque más bien era una caja de música. Advirtió que estaba encantada, porque al sonar las bailarinas cobraban vida. Pero esta mujer era inmune a la música. Y aunque las bailarinas tenían el poder de despertar, esto nunca ocurrió porque esta historia era la fantasía de una mujer que escribía en la calle…



1 comentario:

  1. Queridos amigos,
    ¡Qué sorpresa más grande me he llevado al ver vuestros trabajos! Le habéis dado nuevos nombres y nuevas vidas a mis personajes e incluso inventando otras historias.
    Gracias por vuestra fantasía, qué no la pare nada ni nadie.
    Tengo mucho que aprender de vosotros.
    Un abrazo muy grande,
    Ana Juan

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