jueves, 13 de diciembre de 2012

Del deseo de subir a los árboles... y leer


Os juro que no soy capaz de recordar cuándo lo leí por primera vez, pero fue hace mucho tiempo. Tampoco recuerdo cómo cayó en mis manos aquel libro,  pero siempre he creído que los libros te caen en las manos cuando los necesitas.

Lo leí de un tirón. Sin pausas, uniendo jueves, viernes, sábado y domingo en un único quehacer: LEER. El Barón Rampante, la novela más famosa de Italo Calvino. ¿A quién le importaba eso?

Cosimo me pareció no sólo un auténtico rebelde sino también un ejemplo de tesón, de superación, de principios, y también de sincronicidad con su tiempo. Era un ermitaño consciente, que vivía a su manera, pero no aislado de las circunstancias que le rodeaban, al contrario, implicado a través del pensamiento y de la acción con su comunidad.

Lo que más me impresionaba del personaje no era cómo había conseguido vivir en los árboles, sino su avidez como lector…



«Pero Cósimo, que devoraba libros de todas clases, y la mitad de su tiempo se lo pasaba leyendo y la otra mitad cazando para pagar la cuenta del librero Orbecche, siempre tenía algo nuevo que contar. De Rousseau que paseaba herborizando por los bosques de Suiza, de Benjamín Franklin que atrapaba los rayos con las cometas, del barón de la Hontan que vivía feliz entre los indios de América».


Filósofos, escritores, clásicos, piratas, bandidos, espías, amantes… en el libro no falta ninguno de los elementos de la novela clásica, ni de la novela de aventuras. De todos estos coprotagonistas, mi preferido es el bandido, Gian dei Brughi, que después de conocer a Cosimo, acaba siendo preso de una pasión incontrolable por la lectura que le lleva a replantearse su existencia, el sentido de su vida, y cuyas consecuencias son desastrosas. Una vez en la cárcel, sólo le queda el consuelo de los libros, y quizá el convencimiento de ser también él inmortal, como el protagonista de la última novela que le lee Cósimo.

Después de aquella primera vez, y por diferentes impulsos, he vuelto a leer El Barón Rampante, y he descubierto que, aunque mi curiosidad crece con cada lectura, el poso que deja sigue siendo el mismo, aunque ahora con un regusto algo más triste.

Ya sé a ciencia cierta que no se puede ir más lejos de unos pocos metros, quizá depende dónde, algunos kilómetros, saltando de árbol en árbol. Ni siquiera en la selva Amazónica. Pero esa no es la cuestión. El verdadero valor de este libro reside en que te estimula a leer otros libros, a desear experimentar una transformación, como la del bandido, y leer a Samuel Richardson, por ejemplo, para descubrir más tarde, que algunas de sus novelas habían sido las preferidas de Jane Austen, e intentar averiguar dónde está ese vínculo entre todas ellas, ese diálogo perpetuo, al que asistes como oyente de primera fila…

No son las ramas de los árboles los que crean una cadena entre los pueblos, esos eslabones los constituyen, ayer y hoy, los libros, el pensamiento, las historias, y son los personajes de ayer y de hoy los que se dan la mano hasta nosotros.

Aún así, reconozco envidiar la suerte de Cosimo. Hoy día no se puede saltar de árbol en árbol para escapar de una injusta imposición social que no entiendes ni compartes; de una sociedad de la que quieres ser la nota discordante, el individuo sin enemigo declarado, o simplemente, un ser que siente el deseo de discrepar hasta las últimas consecuencias, un “ser social” y no “socializado”. 
En este sentido el mensaje del libro no puede ser más actual. Y es que hoy, como siempre, seguimos necesitando metáforas como la que propone Italo Calvino en este libro para superar las trampas de la historia:

«porque hay cosas que no se pueden decir con palabras sino sólo viviendo en los árboles»