martes, 31 de julio de 2012

Michael Rosen y escribir para niños


«Escribir para niños significa estar en contacto con tu infancia 
sin perder de vista a los niños de hoy»


«Todos hemos sido niños, todos conocemos a un padre, una madre o una figura paterna. Esto nos hace a todos escritores potenciales de libros para niños. No creo que los libros infantiles sólo tengan que ver con los niños, de algún modo completan el hueco que existe entre el mundo infantil y el mundo adulto. Todos los libros para niños tienen que negociar ese espacio, ya sea al tener en cuenta cómo sonará el texto de un libro ilustrado cuando se lea en voz alta, o cómo el niño o niña se ve a sí mismo en un mundo gobernado por los adultos. Y antes de que llegue a la mano, el ojo o el oído de un niño hay muchos adultos con los que negociar: editores, ilustradores, publicistas, gente de marketing, los adultos que lo compran. Es más que probable que sea un adulto quien esté leyendo esto, así que cuando quieras escribir para los niños, estarás manejando algo de tu propia infancia. Puede ser algo que hayas leído, la experiencia de que te leyeran, u otras experiencias placenteras o dolorosas de cuando eras joven.
También hay una interesante distancia entre el niño que fuiste una vez, y los niños que conoces ahora. Si quieres escribir un libro para niños, te encontrarás viajando de aquí para allá entre esos dos puntos, preguntándote en todo momento qué tipo de niño fuiste, por qué tenías esos gustos e intereses particulares, qué te deprimía o emocionaba, qué te daba miedo, anhelabas; y a continuación, observar, escuchar y pensar en los niños que conoces o con los que te encuentras. ¿Hay grandes diferencias, o hay algo en el núcleo de la infancia que no se ha modificado? ¿Es el bagaje cultural del que procedes igual o diferente al de los niños que conoces y ves ahora? Si es así, ¿cómo tu escritura puede llegar a ellos?
 
(...) Cualquiera de nosotros que escriba para niños tiene que ponerse las pilas. Es necesario tener muy en cuenta lo que se publica, pero también cómo la gente cuenta hoy día las historias. El escritor Morris Gleitzman me dijo que él mismo establece una regla de oro cuando escribe para los niños: “Iniciar cualquier escena tan tarde en la acción o el diálogo como se pueda”. En otras palabras, no divagar. Esa es su percepción de la audiencia de hoy.

Si eres serio acerca de la escritura, necesitarás una especie de axioma (o varios), de esos que ayudan a controlar lo que estás poniendo en la página.
También tenemos que pasar tiempo en las librerías, bibliotecas, guarderías, escuelas y con los niños, para leer, ver cómo el público trabaja con los libros. 
(...)
Parte de ese niño que lee, inevitablemente, será el niño lector que una vez fuiste. Eso no es algo malo, pero muy a menudo, permíteme que sugiera, esto no es suficiente. También es necesario conseguir meterse en la piel (o en la cabeza) del niño actual que hoy es tu público objetivo.
El mundo de los libros para niños es muy agradable, un lugar decente en el que estar. Lleno de personas desesperadas por alumbrar una idea que despierte el interés de los niños y lo emocione, descubrir mundos imaginarios y temas contemporáneos.
(...)
Una parte muy importante de la escritura para los niños está presente en los festivales literarios, en las bibliotecas y en las escuelas. Una parte importante de convertirse en un escritor de niños es ver lo que los escritores publicados hacen y dicen cuando aparecen en público. Escribir libros para niños puede ser tan solitario como cualquier otro tipo de escritura, pero hay un gran elemento social en la forma en que los libros son llevados a los lectores.
Hay miles de personas ahí fuera que hacen esto: padres, bibliotecarios y profesores en su mayoría, por lo que parte de ser un escritor para niños es estar entre estas personas en los eventos que organizan. Si consigues el equilibrio correcto, esto será parte de lo que te motivará a volver a entrar en tu celda y escribir un poco más.

Ver artículo publicado en The Guardian

martes, 17 de julio de 2012

Me encontré a Peter Pan en Cambridge


Cerca del famoso y concurrido King's College, en un calleja estrecha por la que no pasan más que bicicletas y algún paseante sin rumbo fijo, me encontré este cartel: BOOKS
¡Suena bien! Entro.
La puerta de la librería era como en las películas americanas, de madera pintada y cristal con su letrero OPEN. Al empujarla sonó una campanita.
Un estrecho pasillo conducía a lo que debía ser el mostrador del librero o más bien su escondite.
Hello! —Un hombre sonriente de pelo blanco y generosas mejillas me miró por encima de una torre de libros de lomos amarillentos.
Sara Key's books. The haunted bookshop, specialised in children's and illustrated books since 1987
La librería encantada...
—Sara Key es el nombre de la protagonista de una novela francesa sobre la ocupación nazi… (casualidades de la vida que yo supiera algo tan rebuscado).

—Oh, no, darling, it's my wife! 
—Your wife?
—Yes, the name of my wife. She started the business...

La librería pertenecía a su mujer, Sara Key, que coleccionaba libros ilustrados y un día decidió vender los que no le cabían en los estantes.
—Could I? 
—Yes, please, feel at home.
Muy como en casa no me siento, la verdad. Este desorden... Cojo un libro al azar, el más viejo que veo frente a mí, en una estantería que llega hasta el techo. Huele a polvo, a moho, a gruesas páginas de libro viejo, encuadernaciones en piel. Da un poco de pudor tocar algo tan antiguo. La de manos que lo habrán hojeado antes que yo.
Y allí está, con más de un siglo de edad, una edición limitada de Peter Pan, ilustrada por Arthur Rackam en 1906. 
También pude disfrutar oliendo, tocando y admirando las ilustraciones de una edición de El Quijote del siglo XIX, con ilustraciones de A.B. Houghton; de Las Mil y una noches, Los cuentos de Grimm y muchos otros clásicos de la literatura británica y universal. Me conmovió especialmente la colección de Los Cinco, de Enid Blyton, los mismos títulos, algo más ajados, que yo había leído con avidez en muchas tardes de verano.
Una hora más tarde dejé de sentir el olor a moho, posiblemente porque yo misma me había convertido en un ser verde, de ojos saltones y orejas puntiagudas.


Edición limitada de cuatrocientas sesenta copis, de las cuales cuatrocientas cincuenta son para vender. Esta es la copia nºº 37